jueves, 16 de mayo de 2019

LLAMADA DE LARGA DISTANCIA - Cuento - Olegario Ordóñez Díaz


LLAMADA
DE LARGA DISTANCIA

Olegario Ordóñez Díaz

Por la época en que ocurrió la historia que voy a contarles, San Sebastián era un pequeño pueblo tropical de calles polvorientas que en las últimas dos décadas del siglo veinte recién empezaba a disfrutar los adelantos de la tecnología moderna en las telecomunicaciones.  
Antes de que instalaran las mil líneas y los teléfonos de discado directo, sólo había en el pueblo setenta teléfonos negros de dinamo que funcionaban dándoles manivela, después de levantar el auricular, para solicitar las llamadas locales o de larga distancia a la central telefónica,  atendida por una operaria que conocía todos los secretos del pueblo y que para hacer los contactos manipulaba el tablero de teclas y cables que, con la llegada del progreso, fue a parar al Museo del  Centro de Historia.    
Cuando instalaron los nuevos aparatos con discado, los antiguos teléfonos de las casas resignaron el resto de su existencia a  permanecer en los cuartos de San Alejo, los rincones de las salas y los mercados de las pulgas.
Sin embargo, el nuevo servicio público de teléfonos fue un poco deficiente en los primeros años. Entonces, para no someterse a la tortura de interminables filas y de un estricto y estrecho horario, muchas personas, entre ellas yo, recurríamos a los teléfonos privados de algunas casas y varios establecimientos comerciales que prestaban servicio al público.
Uno de estos teléfonos quedaba en la funeraria “El Recuerdo”. Si algún día cualquiera de ustedes visita el pueblo, puede encontrar la funeraria después del Parque de La Pola, subiendo a mano izquierda por la calle principal. El tiempo se ha detenido allí. Verá la misma puerta verde de cedro que indefectiblemente se abre a las seis y cuarenta y cinco de la mañana y se cierra a las ocho de la noche. Y quizá por la necesidad de hacer una llamada de larga distancia o para corroborar esta historia, se atreva a entrar a este lugar.
Cruzando el umbral de la funeraria había un estrecho y frío pasillo, iluminado con la luz de varios cirios blancos y a cuyos lados varios ataúdes permanecían recostados de pie contra la pared. A veces un ataúd amanecía tendido horizontalmente sobre unas bases metálicas de color plata, pero nunca me atreví a mirar si estaba ocupado.
Después de recorrer el pasillo se llegaba a un escritorio atendido por las hijas del dueño de la funeraria, una de las cuales llegó a ser reina de las festividades tradicionales y folclóricas del pueblo. Allí se hacía la solicitud de la llamada. La joven entonces anotaba el número en un cuaderno y señalaba con su mano izquierda el lugar donde el cliente debía esperar el turno de la llamada: un enorme sillón de madera antigua y de cuero labrado en el que, según afirmaba el historiador Constantino Tello, se había sentado una noche de amor el Libertador Simón Bolívar con Manuelita Sáenz cuando hizo su paso victorioso por San Sebastián a principios del siglo diecinueve.
Desde el sillón, donde se podían acomodar seis personas, la mirada de espera se enfrentaba a otros ataúdes; de manera, que casi siempre, quienes se sentaban allí preferían mirarse las caras, cerrar los ojos, fijar su vista en el suelo y, en todo caso, establecer una conversación sobre los temas de más actualidad en el pueblo.
Cuando la llamada de larga distancia estaba lista, la persona solicitante se dirigía al final del pasillo donde quedaba la cabina telefónica. Era un estrecho cuarto rectangular de madera de color oscuro que tenía una puerta con una pequeña ventana de vidrio que daba justo frente a la cara de quien llamaba. Cuando la cabina se cerraba, el cuarto quedaba sumergido en una tenue oscuridad, luego de la cual se encendía un bombillo rojo. A través de la ventana se podía ver a la telefonista mostrando el reloj de la pared, señal con la que indicaba que el tiempo empezaba a correr.
Muchas veces utilicé este servicio telefónico. Claro está que al principio me sentía nervioso al entrar a la funeraria. Un pequeño escalofrío subía por mi espalda y, como la mayoría de personas, atravesaba rápido por el pasillo. Pero poco a poco, con la familiaridad que da la rutina, fui visitando el teléfono en forma natural, sin siquiera percatarme (a veces) de los ataúdes.
Decía que mientras se establecía la comunicación, en el sillón de espera se ponía uno a conversar con las otras personas que estaban esperando su llamada.
Precisamente en una de esas ocasiones, una señora, doña Rosa Lúligo, me contó la historia que les relato enseguida y que había ocurrido apenas hacía un par de años en esta central improvisada de llamadas de larga distancia.
Pedro Argáez, un joven funcionario del gobierno nacional fue vinculado por contrato a una de las oficinas del pueblo. Se vino solo. Toda su familia se quedó en la capital de la república. Su novia, con la que pensaba casarse, también se quedó en la ciudad.
Mientras llegaba el nombramiento y el reconocimiento de sus salarios para poder viajar a la capital, todos los domingos a las diez de la mañana el joven entraba a la funeraria para hacer su llamada de larga distancia. Los domingos en un pueblo tienen el aroma inconfundible de la soledad, sobre todo cuando su fragancia nace de la lejanía y la ausencia del amor.
Al otro lado de la línea, siempre le contestaba su novia. Pedro Argáez permanecía en la cabina minutos interminables. La gente toleraba que se demorara pues todos sabían que estaba hablando con su prometida de la capital y en asuntos de amor el tiempo se despoja de las horas y cualquier instante es eternidad.
A través de la ventanilla de la cabina se veía que Pedro Argáez sufría la nostalgia de la ausencia. A veces sonreía y otras, con mucha ternura, consolaba a su novia. El joven le pedía un poco de paciencia que ella parecía no podía soportar, sobre todo una semana, después de tres meses de separación, cuando estuvo muy enferma y postrada en cama agobiada por una fiebre extraña y de origen desconocido.
Él le contaba a su novia lo que hacía durante la semana y la consolaba diciéndole que aunque el tiempo fuera al paso lento de una tortuga, para él pasaba volando y que pronto estarían juntos otra vez y que sólo la esperanza de verse lo hacía soportar la distancia.
Pero el tiempo en San Sebastián pasaba con la lentitud de una campana fúnebre de iglesia. Los días eran como una camándula: formaban las semanas y las semanas tejían los meses. Y Pedro Argáez, todos los domingos a las diez de la mañana, durante seis meses, con la misma expresión de enamorado ausente entraba en la cabina telefónica de la funeraria para hacer su llamada de larga distancia. Tan respetable y cotidiana se convirtió la costumbre que aún hoy día nadie llama a esa hora. Y cuando alguien lo hace ocasionalmente, el teléfono suena ocupado. Es como si ese tiempo aún estuviera reservado para las llamadas de amor de Pedro Argáez y su novia. Tal vez usted lo compruebe algún día cuando visite el pueblo.
Y haciendo uso de la brevedad que da la espera de una llamada, doña Rosa Lúligo me terminó de contar la historia: un domingo el joven habla con su amada y le promete que, por fin, la próxima semana irá a visitarla, ya que le llegará un cheque de pago parcial de su trabajo. Se revelan uno al otro que estos seis meses de ausencia los han hecho sentir el amor más a flor de piel. Seis meses durante los cuales los enamorados se han dicho domingo tras domingo que un amor así no se puede acabar jamás. “No dejes de venir el próximo domingo, amor”, le dice ella”. “No faltaré, mi amor”, le responde él enternecido.
—Todos los habituales usuarios del servicio telefónico nos alegramos de ese encuentro y se lo hacemos saber con una sonrisa que él nos devuelve con cierta vanidad —me dijo con un profundo suspiro doña Rosa, mientras miraba la cabina rectangular de color caoba desde donde se hacían las llamadas de larga distancia.
Como sabe que a su novia le gustan las rosas rojas, el joven Pedro Argáez le compra un hermoso ramo al llegar a la terminal de transportes de la capital el domingo acordado, después de viajar toda la noche. Presuroso, toma un taxi y se dirige a la casa de su novia. Cuando se baja y golpea a la puerta, también la ansiedad está golpeando su corazón.
Una señora abre la puerta de la casa. Es su suegra. Está vestida de luto. Antes de saludarla, Pedro Argáez, siente que un súbito escalofrío recorre todo su cuerpo.
Fustigado por un presentimiento fatal mira angustiado hacia adentro. Hay un altar de flores con una veladora prendida. Con desesperación, el joven pregunta por su novia.
—¿Cómo? ¿Usted no sabe? —le dice la señora echándose a llorar—. ¡Mi niña murió hace tres meses!
Pedro Argáez quedó estupefacto. Sintió que caía en una oscuridad interminable mientras escuchaba, lejanas, las últimas palabras de la mujer:
—... hace tres meses... Lo llamamos, le pusimos telegramas, pero fue imposible localizarlo. Nadie nos dio razón de usted. Es como si jamás hubiera existido en ese pueblo...
...
El beso de un tenue viento, como un suspiro venido desde la eternidad, deshojó las rosas tiradas en el suelo...

TALLER DE COMPETENCIA LITERARIA, 

LECTURA Y TALENTO CREADOR 

Desarrolla las siguientes actividades en tu cuaderno.
Nivel interpretativo o literal
1. Escribe el argumento del cuento que acabas de leer.  ¿Cuál es el inicio? ¿Cuál es el nudo? ¿Cuál es el desenlace? Utiliza diez a quince renglones.
2. Elabora un pequeño retrato (descripción del aspecto físico y moral) de los siguientes personajes: Pedro Argáez, la novia de Pedro Argáez, Rosa Lúligo, el narrador.
3. Remplaza la palabra “estupefacto” (final del cuento) por otra, sin que se altere el sentido de la frase. 
4. Describe el lugar y el tiempo donde trascurren los hechos.
Nivel argumentativo
5. El autor compara, en el párrafo catorce, los días de la semana con una camándula. ¿Con qué otro objeto los compararías tú, sin que la frase siguiente pierda coherencia?
6. ¿Crees que la época actual, con celulares y toda la tecnología que existe, hubiera sucedido lo mismo? Justifica tu respuesta.
7. Escribe otro título que le pondrías al cuento. Justifica tu elección.
8. Escribe una lista de los hechos que consideres reales y los hechos que, en tu opinión, son fantásticos. Explica las razones que tienes para elaborar esta clasificación.
Nivel propositivo, creativo e intertextual
9. Escribe, en forma directa, el diálogo que sostiene Pedro Argáez con su novia cuando le asegura que irá a ir a visitarla el próximo domingo. No olvides que para introducir el diálogo directo se emplea la raya: —
10. Analiza el título del cuento. ¿Qué significados puede tener “Llamada de larga distancia”?
11. Escribe un párrafo final en el que cuentes qué sucedería con Pedro Argáez luego del suceso que le pasó.
12. ¿Crees que el cuento es real o ficticio? Argumenta. 
13. Escribe los sentimientos que te inspiró el cuento.
14. Escribe cinco interrogantes que te puedes hacer después de leer el cuento.

Para realizar en casa
1. Comparte la lectura del cuento en familia con tus padres y abuelos. Luego pregúntales si han vivido o escuchado una historia como la que se narra en Llamada de larga distancia. Escribe el argumento y compártelo con tus compañeras y compañeros de clase.
2. Dibuja otra posible portada para el cuento. Preséntala ante tus compañeros de clase.
3. Elabora una historieta de cinco viñetas, donde muestres las partes principales del cuento. 
4. Escribe una carta al autor de Llamada de larga distancia en la que le manifiestes tus impresiones e inquietudes acerca del cuento. Si deseas, envíala al correo electrónico de la Editorial: edicionescatedrapedagogica@gmail.com


Derechos reservados del autor. Grupo Editorial Ediciones Cátedra Pedagógica
(Citar la fuente)


Datos del autor

Olegario Ordóñez Díaz. Pedagogo y escritor. Nació en Bogotá  (Colombia) el 14 de junio de 1958. Licenciado de la Universidad Pedagógica Nacional, Estudio Máster en literatura española e hispanoamericana de la Universitat de Barcelona. Trabajó en la Plata, Huila, en el Instituto Agrícola y el Colegio Marillac. Fue fundador de la UNISUR-UNAD (Universidad Nacional Abierta y a Distancia) en el mismo municipio. Trabaja con la Secretaría Distrital de Educación de Bogotá, en la I.E.D. Florentino González.

Conferencista, autor, coautor y editor de obras didácticas de amplio reconocimiento en Colombia, México, Venezuela, Ecuador, República Dominicana, entre las que se destacan Español sin fronteras, Talento, Alborada, Antorcha, Mitos y leyendas de América y del mundo (Voluntad); Español: desarrollo de competencias básicas del lenguaje (Pearson Educación de Colombia), Palabra mágica (Susaeta-República Dominicana); Raíces, Taller del Idioma (Edinorma, México), Mensaje (Excelencia, Venezuela), Cómo leer un libro (Esquilo, Cátedra Pedagógica), Cómo hacer un análisis literario (Cátedra Pedagógica). 
En su obra literaria figuran Sueños de príncipe, Llamada de larga distancia, Yo vi un día a la poesía, Autorretrato, El náufrago (Finalista en el 7o. Concurso Nacional de Cuento RCN - Ministerio de Educación Nacional, 2013); El soñador enamorado y otros relatos, El paseo de los helados y otros cuentos, Mi abuelita: la mejor lectora del mundo, La sirena de los niños, Regalo de cumpleaños, Una heliconia para el corazón de una mujer, Cuentos Interactivos (Los sueños de la oruga, El sapito saltarín, Mi gato feliz, La tortuga Valentina, El coro de los animales), entre otras obras.

Premios:
-Premio Nacional de Poesía Unisur (UNAD) - V aniversario, 1987
-Finalista 7o. Concurso Nacional de Cuento RCN - Ministerio de Educación Nacional, 2013 (El náufrago).

Reconocimientos:
-Condecoración Congreso de la República - Cámara de Representantes Mención de Honor,  (Resolución 521, Junio 21 de 2010).