sábado, 6 de enero de 2018

Un momento de serenidad y alegría


Un momento de serenidad y alegría
Olegario Ordóñez Díaz con Manolo

miércoles, 15 de febrero de 2017

EL ORÁCULO - CUENTO - OLEGARIO ORDÓÑEZ DÍAZ

EL ORÁCULO
Olegario Ordóñez Díaz

…Sólo que cuando todo se juntó,
cuando todo se unió, todo se perdió…
O.O.D.

“Después de notar que yo estaba simultáneamente feliz y lúcido, una conjunción no sólo rara sino imposible, ella también quiso sentir lo mismo”… Terminó de leer en voz alta la frase de Rubem Fonseca en la “Cofradía de los Espadas” y se estremeció. Otra vez hallaba una respuesta que provenía de un libro. Era el juego de las preguntas, que dos meses atrás, en el baile de la convención editorial, ella le había enseñado. Tomaban un libro cerrado y formulaban una pregunta que giraba, por lo general, alrededor de su propio destino. Luego cerraban los ojos, abrían el libro en cualquier página, y guiados sólo por un impulso primigenio, dibujaban pequeños caminos con el dedo índice y señalaban una frase al azar: la respuesta del espíritu del libro a su pregunta.

Cuando consultaba el libro ―y no habían sido más de tres veces desde que la conoció― se sentía nervioso ante la profecía. Como ahora, cuando intentaba descifrar el sentido de la frase del escritor brasileño. Un libro tiene su propia vida, su propia voz, su propio espíritu, su propio código, independiente incluso de su autor. Sabía que los libros tienen ese raro misterio de responder a lo que se les pregunta, cuando se despierta su espíritu. Son una especie de oráculo. Como el Oráculo de Salomón. Y siempre su respuesta es reveladora. Y ahora él estaba allí, mirándola, mientras la mujer, sonriente, con sus apasionados ojos negros penetraba en su alma. Sentía que ante ella todos sus secretos se develaban. Sabía que todo era posible en ella. Lo raro y lo imposible se hacían comunes y posibles en su ser. Eso era lo mágico. Y aunque para todos era imposible entender su mundo, él sabía, como se lo decía el libro, que ella era la única persona que no sólo podía entenderlo por completo, sino experimentar las mismas sensaciones que él sentía. Estaba feliz, lúcido. Y ella con él. No era una ilusión rara e imposible. Era cierta, factible; y tocaba su misma melodía. 
Estaban en la cumbre más alta de la ciudad. Allí donde —en la soledad― se fundían la lucidez y la felicidad. Desde el frío cerro de Monserrate, a medianoche, escuchaba el oleaje del inmenso mar de luces, alrededor del cual sólo había una oscuridad espesa. “Es el murmullo de la noche que bisbisea todas las historias del mundo”, pensó. Luego se repitió: “Como la nuestra”. La sintió junto a su cuerpo. Hermosa. Sensual. Ella le rodeaba el cuello con sus brazos, como cuando lo hacía en la calle, sin importar quién los estuviera viendo o murmurando. No sabía por qué, pero se habían entendido desde el primer instante cuando él le había susurrado inusitadas y atrevidas frases mientras bailaban, y ella le había revelado que él le había descubierto ―desnudado, fue la palabra precisa que usó― los laberintos más apasionados de su alma.
Aquella noche bastaron cuatro palabras. “Espíritu del libro, háblame”. Y el libro de Joyce había respondido: “Desde la lejanía vienes a descubrir mis sueños”. Sentía que siempre la había esperado y que su encuentro se producía con una diferencia de casi veinte años entre los dos, pero con sus espíritus sin edad. En medio del murmullo de la oscura noche, él se había diluido entre sus besos y el ritmo joven y sensual de sus caderas.
Y ahora el oráculo le había respondido por tercera vez con la frase de “La cofradía de los Espadas”. Ella era la única que podía sentir junto a él la felicidad y la lucidez. ¿Pero en realidad se podían sentir al mismo tiempo lucidez y felicidad? ¿Acaso la felicidad no embriaga y obnubila la consciencia? ¿Cómo se puede entonces ser lúcido? ¿Y cómo la lucidez puede dar paso a la felicidad? ¿Podía sentir ella lo mismo? Escuchaba su risa y sus palabras como una dulce melodía que en la noche se confundía con el susurro de los árboles. Se respondió a sí mismo que la lucidez era el estadio superior de la felicidad. Pero también intuía que esta conjunción creaba una ansiedad más intensa, una incertidumbre mayor. Como todo tiende a cambiar, se preguntaba qué habría más allá de la felicidad y la lucidez, de ese nirvana en el que ahora se encontraban, en este fulgor de sempiterna placidez universal.
En la cumbre del mundo sentía el frío del sereno en su cara. Abrazado a ella, fundido en el cosmos, en una eternidad sin tiempo, quería perpetuar este instante, pero sabía que luego vendría el teleférico que los bajaría a la ciudad, al futuro. ¿Mas qué sabían del futuro? ¿Qué sobrevendría a la felicidad? ¿Podría existir más amor después de haber alcanzado la felicidad misma? ¿Acaso el amor no existía sólo en la incertidumbre? Así le había contestado el oráculo, a través de un libro borgiano, la segunda vez: “Sólo se encuentra el amor en la incertidumbre”. En realidad cada instante con ella era el principio y el fin. Por eso era intenso, de absoluta entrega, desde que ella le había susurrado al oído: “deseo hacer el amor con usted…” y habían fundido entonces su piel y su alma en una sola llama de pasión desbordada.
Esta noche estaban en la cima de la felicidad. ¿Y después de este momento, qué habría? ¿Qué vendría? ¿Acaso llegaría algo? La noche encerraba su misterio infinito. Dentro de poco descenderían en el teleférico. Entonces tendría la sensación de volar sobre ese mar de luces. Cobijándola con los brazos, sintiendo todo su cuerpo bajo él, en el éxtasis de una felicidad sin límites, se adentraría de nuevo en la boca de la gran ciudad, en el destino de una maraña de incertidumbres, tal vez de infinito vacío.
Presentía que cuando bajara por ese túnel oscuro de la noche se acercaría a la misma infelicidad y confusión de las que no escaparía tras la despedida. Cuando ella se fuera, quedaría entonces con un agrio sabor de desolación.
Sólo los libros sabían el secreto de su sino. Sólo ellos lo guardaban. Y cuando sus páginas se abrieran, lo revelarían. Pero entonces tendría miedo de preguntar de nuevo a su espíritu. Tendría miedo de abrirlo. De señalar otra vez una frase al azar. De que el oráculo corroborara sus presentimientos. En el fondo, su corazón sabía que cuando abriera otra página del libro, de cualquier libro, sus palabras tejerían lo inevitable. Hasta cuando existiera otra vez la esperanza de lo fortuito, de lo casual. 
No podía escapar de ese inconcluso, eterno e inevitable círculo de incertidumbre e ilusión en el que siempre viajaba…


Cuento participante en el Quinto concurso literario “El Brasil de los Sueños”. Instituto de Cultura Brasil Colombia (IBRACO). Homenaje a Rubem Fonseca, 2010.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Una heliconia para el corazón de una mujer

Una heliconia para el corazón 
de una mujer de ensueño en una noche de espejismos

Olegario Ordóñez Díaz
(Colombia)

«Mi corazón pide perdón 
por latir tan fuerte frente a mi amada.
Sólo pido que la noche sea lenta, 
porque será la única».
Poema árabe. Gloria Pérez, «El clon»

A Lina G.

La heliconia es un colibrí calotorax de alas multicolores que me ha llevado desde la noche hasta el corazón apacible de una mujer de ensueño: cálido nido de ternura donde he descansado de mi largo viaje. 

Sucedió una fría noche de mayo en medio del bullicio de los corrillos que se formaban como espirales interminables en un acto social, después de prolijos homenajes y banales discursos de campaña. 

Entre el frenesí que producían los vasos de whisky, se reconocían y se abrazaban los viejos y los nuevos amigos, dándose golpecitos en la espalda, mientras esbozaban sobre los hombros sonrisas de fingida sinceridad. Así se celebraban los encuentros y se acordaban futuras promesas. 

Con sus agujas de ancianas sabias, las horas tejían y destejían olas de murmullos que levantaban y bajaban en sus crestas comentarios sobre política, conflictos sociales, procesos de paz, elecciones, puestos, discordias, alianzas y estrategias. Se construía un mundo nuevo y efímero; se confundían y se deshojaban las mentiras, las verdades, la desesperanza, la ilusión, las inciertas promesas, el ayer y el mañana… En esta noche de lluvia, dentro de la estancia del prestigioso hotel de mullidas alfombras rojas con bucles dorados, se libaban dulces horas de divertimento y ficción, amenizadas por la melodía que producía el grave rumor de las palabras. Algunas personas parecían golondrinas buscando sus nidos; otras, en silencio, ya embriagadas y solas, sin saber a qué habían venido, lloraban su nostalgia y, quizá, sus anhelos frustrados.

Entre todos los grupos me fijo sólo en uno; dejo que las otras historias de esta noche se filtren por sus propios laberintos indescifrables. Allí, en una esquina del salón —a escasos diez pasos de donde nosotros habíamos formado nuestra propia isla de tres personas—, en medio de cinco acompañantes emerge una joven y encantadora mujer, envuelta en un velo de niebla, como si saliera de un lago de la sabana; una mujer de ensueño, una maga que aparecía desde los confines misteriosos de la noche.

Me quedo mirando aquella extraña visión. Sólo la veo a ella entre todas las sombras del amplio salón que ha sido adornado con grandes, hermosas y coloridas flores. Como si fuera una eternidad pasan los segundos. Sólo con ella he abierto un canal de unívoca comunicación. Es una mujer independiente, natural, con la mirada curiosa e intuitiva de sus profundos y fijos ojos negros, de boca sensual y sonrisa alegre, de la cual brotan palabras inteligentes, suaves y subyugadoras. Lo percibo por el movimiento de sus labios, sus gestos y ademanes, y por la expresión fascinada de quienes la rodean. La última persona que ha arribado a ese cuadro de Fuentes ha sido el anciano que estaba junto a mí y que, ya entonado, decidió escaparse al grupo de la joven para disfrutar un instante de su alegría.

 Al observar aquella mujer de ensueño, me invade el éxtasis que se tiene al contemplar una obra de arte. Tengo el presentimiento de que es un cofre de secretos, enigmas y misterios. De repente, nos sorprende el mutuo encuentro de una mirada casual. Me hallo en un instante con ella. Le hago un brindis desde lejos. Ella busca su copa y, con una sonrisa, brinda conmigo. Ya la comunicación es biunívoca, aunque sea por una fugaz reverberación del tiempo.

A medida que pasan los minutos, crece en mí el deseo de hablarle, de manifestarle la alegría de saber que está aquí, de haberla visto un momento, sin saber siquiera quién es; de decirle que esta noche ella es poesía; que estos pequeños hechos animan la vida, y que aunque sea un ave que pronto levante vuelo de nuevo hacia el infinito, habrá dejado en esta noche su imborrable estela luminosa. 

Entonces, en un impulso repentino e inexplicable, venzo la timidez espectral que siempre me ha acompañado, elijo y tomo la heliconia más hermosa entre todas las flores que adornan el salón, me dejo llevar, con mi corazón palpitante —como el de un romántico decimonónico— hasta el corazón apacible de la muchacha, e irrumpo en el grupo asombrado que la rodea, para expresarle mis pensamientos en el lenguaje más universal: el de las flores; para decirle, al tiempo que le entrego la heliconia, que ella es la reina de la noche, una mujer de ensueño; que esta flor sólo es un pequeño tributo a su belleza y que todos los que están aquí son los seres más afortunados por compartir su alegría. 

Ella, sorprendida, ha recibido la flor con una sonrisa amable y cariñosa. Y ya convertida por la magia del destino en la dama de las heliconias de suaves pétalos que se pintan de rubor, parece que flotara en el ambiente. Un suave rayo de luna la ilumina,  haciéndola ver aún más bella. 

Sí; he atravesado el tiempo y he vencido la noche con la luz de una flor. Me he acercado como un intruso para llamar su atención… Y ella abrió afable su ventana. Hasta su balcón he llegado con una heliconia, cultivada con amor en el corazón de un jardinero... A ella, la mujer más hermosa de la fiesta, he importunado esta noche con una bella flor del color de su blusa, del color de sus mejillas, del color de sus labios, del color de sus ojos. La heliconia se ha sentido orgullosa de que una muchacha bonita la tenga entre sus manos, y sus largos pétalos se estremecen con vanidad. 

Entre risas y juego, los integrantes del grupo, como los pretendientes en la lejana Ítaca, quieren ser los que le han regalado la heliconia. Pero ella sabe que he sido yo, Odiseo, que en el humilde vuelo de un colibrí he surcado los mares desde tiempos inmemoriables para llegar a ella. Sólo yo, el que tal vez nunca más la verá; el viajero que siempre guardará el encanto de esta noche.

He atrapado su corazón puro. En él he descansado de mi largo viaje. Esa mujer delgadita de cabellos fluviales; esa muchacha alta de ojos almendrados en los cuales se dibuja la noche con todos sus enigmas; esa mujer sencilla, de sonrisa amable y gentil, que ha roto el frío con su alegría y sus palabras, se llevó la heliconia en su corazón. En realidad, ella fue la agasajada… Ella, en quien se descubre, en el breve espacio del universo, la poesía que hay en su ser, en su inteligencia. Ella, la poesía misma que tornó en encanto una velada taciturna.

Una flor abre el corazón de una mujer que ama la vida y conserva el lirismo en su alma. La muchacha de la heliconia por siempre la cultivará en el jardín de su ánima idílica. Nunca la dejará. Sé que no lo puede hacer porque es sensible. Tiene esa ternura inequívoca que es el milagro más certero para cambiar el mundo. Entre la bruma de la noche se destila su poesía tropical. Sé que danza; sé que su cuerpo tiene ritmo de bambucos; su piel, el sol de la llanura; su canto, el rumor del viento entre los arrozales. Sus ojos negros, misteriosos y secretos son portadores del fuego del Helicón. Y yo soy un argonauta que ha naufragado en ellos. Sé también que ella tan solo es un espejismo del pasado y del futuro en el cual siempre estaré envuelto… 

Esta noche me ha dicho que ha venido sola. Le he prometido que no andará más sola porque siempre voy a estar con ella. Seré un jardinero para cuidarla. Yo sé que, en secreto, conmigo iría al mar, tal vez subiría en una nube, o viviría en otra galaxia. Sé que se adentraría tomada de mi mano en los misterios de las sombras, en los rayos del día, en los sueños del mañana. Tal vez en la dimensión de otro encuentro fortuito, en otro mundo yuxtapuesto, los hilos rojos y delgados del destino sigan tejiendo nuestra historia...

En medio de la noche en la cual surgen cientos de fastos de seres anónimos, ella ha sido protagonista de un relato inolvidable. También yo lo he sido. Después de ese relámpago que condensa la vida, ya no será más ella. Se habrá perdido en la bruma de la noche, sin mirar atrás. Pero su recuerdo se habrá quedado suspendido en un eterno viaje en el tiempo y en el espacio, como el vuelo perenne de un ave del paraíso que despierta fascinación y que va cambiando el mundo con su alegría. 

Tal vez nunca más la veré, a ella, a la que se va, a la muchacha del olvido que ahora es una heliconia, le he dicho. Pero siempre encontraré a la musa del corazón de ensueño (aunque su imagen se diluya en el tiempo) en cada instante secreto, en la sonrisa que ilumina, en el goce de una palabra, en la esencia de un beso, en el aroma de una flor, en la emoción de una pintura dianista. Mañana escucharé muchos discursos, asistiré a muchos eventos iguales, pero como ella no veré a ninguna otra en ningún rincón de la Tierra. 

Ave del paraíso, grácil, ligera, de inmensa alegría: 
sólo te veré en el destello de otra noche de espejismos. 

Por una breve tregua del tiempo aquella noche la guerra desapareció del mundo… En ese mínimo corpus la poesía reveló un camino a la vida. A veces la existencia nos proporciona estos destellos metafóricos para recordarnos que en los pequeños momentos de cada día podemos encontrar y sentir la felicidad, nuestro perenne carpe diem.

Luego se apagaron las luces. Se esfumaron las voces, las risas y las figuras confusas. Se fueron para siempre. Solo quedan en la mente y en estas palabras pequeñas memorias del tiempo. Ahora viajo, sin presentimientos, en su corazón.

Aquella noche de mayo salí a la soledad de la calle. Seguía lloviendo. Pero, extrañamente, no me sentía solo.

Hoy, con el paso circular de los días y los años, creo que aquello sólo fue un sueño. Un espejismo. La magia de un relámpago en el tiempo. Me suele suceder… No supe su nombre. Fue un ave del paraíso que bajó por un instante. Ella se quedó suspirando con la heliconia y yo me fui abrigando en silencio mi alma, protegiéndome de la lluvia con su recuerdo. Sin tristeza. Con alegría y cierta nostalgia… 

Sin planes. Como el eterno fantasma que soy.

Bogotá, junio de 2005- diciembre 2016

miércoles, 31 de agosto de 2016

Máster en Estudios Universitarios de Literatura Española e Hispanoamericana Universitat de Barcelona

Máster en Estudios Universitarios 
de Literatura Española e Hispanoamericana 
Universitat de Barcelona



sábado, 28 de mayo de 2016

martes, 17 de noviembre de 2015

lunes, 16 de noviembre de 2015